17 de abril de 2024

Últimos Tiempos

Como vivir los últimos tiempos

Extraído del libro «¡Convertíos! Se acerca el Reino de Dios» de Moisés María Aja de la Cruz

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El 13 de noviembre de 1965, día de la última Aparición en Garabandal, Conchita estuvo hablando por la tarde con cuatro personas: su madre Aniceta, D. Albrecht Weber, su madre Elisabeth Weber y Eloisa Deguia. Después de comentar lo referente a la muerte del Papa, añadió: “La Santísima Virgen nos ha hablado varias veces que su Hijo Jesús vuelve de nuevo, pero no sé cuándo Él vendrá”. [1]

Conchita no sabía porque no se le había revelado. Muchos se extrañan cuando oyen hablar de esto, pues sólo parece estar clara la del Fin del Mundo. Sin embargo hemos de comprender que muchas profecías bíblicas referidas a los Últimos Tiempos de los Gentiles, no se van comprendiendo hasta que no nos encontramos ya cerca de los acontecimientos. Se cumple que “El Espíritu Santo os guiará a la Verdad plena” (Jn 16,13) o como dice el CVII: “El mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la Fe por medio de sus dones.”[2]

  Aun así, muchos son los despistados -incluidos sacerdotes y obispos- que después de 55 años no se han enterado de que esos Últimos Tiempos se han cumplido oficialmente el 7 de junio de 1967, por lo que estamos en un tiempo de “prórroga”. Si esto es así, no ha de extrañarnos el desvarío y la falta de entendimiento de muchos pastores y fieles sobre lo que ocurre en la Iglesia y en el Mundo.

Pero cierto es que Cristo ha de “volver” para instaurar su Reino –el Reino de Dios- en la Tierra de forma definitiva. Veamos lo que nos dicen la Biblia y las revelaciones privadas.

A – La encontramos anunciada en la Sagrada Escritura. Recogemos sólo algunos textos que agrupamos en 5 puntos:

«Salió Jesús del Templo y, cuando se iba, se le acercaron sus discípulos para mostrarle las construcciones del Templo. Pero Él les respondió: «¿Veis todo esto? Yo os aseguro que no quedará aquí piedra sobre piedra; todo será destruido. Estando luego sentado en el monte de los Olivos, se acercaron a Él en privado unos discípulos, y le dijeron: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y de la consumación del Mundo. Jesús les respondió: «Cuidad que nadie os engañe, porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy el Cristo», y engañarán a muchos (…) (Mt 24,1-5)[3].

El tema del texto ha sido llamado Apocalipsis sinóptica y se desarrolla a lo largo de todo el capítulo 24; además encierra un doble aspecto: la destrucción de Jerusalén y la destrucción o desolación de las naciones (gentiles) cuando el Evangelio haya sido predicado por todo el Mundo (Mt 24,14) antes de la Segunda Venida de Cristo. Ambos aspectos se describen de forma alternativa. Leyendo todo el capítulo nos damos cuenta de que no se trata del Fin del Mundo –que S. Mateo lo narra en otro lugar (Mt 25,31-46)- sino del Juicio a las Naciones gentiles que han rechazado el Evangelio. Iremos analizando todas las señales en el próximo capítulo.

“¿Cuándo venga el Hijo del Hombre encontrará Fe en la Tierra?” (Lc 18,8). Cristo dice esto  a sus discípulos como colofón de la parábola de la viuda importuna, que es una llamada a orar con insistencia, sin desfallecer. Que la oración es necesaria para no perder la Fe lo entendió y enseñó bien S. Alfonso María de Ligorio[4], autor de esta frase lapidaria: “El que ora se salva; el que no ora se condena”.

Jesús dice que volverá, y nos da a entender que encontrará poca Fe porque se habrá perdido el sentido de la Oración; como si en esos tiempos se actualizara el lamento divino: “Este Pueblo… me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí” (Is 29,13). Importantes exégetas nos dicen que aquí “se habla del estado del Mundo al Fin de los Tiempos”[5] de los gentiles, añadimos nosotros, no del Fin del Mundo. 

Jesús tiene que volver para instaurar en plenitud su Reino en la Tierra antes del Fin del Mundo. Decimos “en plenitud”, es decir, en lo espiritual y en lo temporal, en todas las instituciones humanas, en todos los corazones.[6] Veamos algunos textos:

“Es preciso que Él reine hasta que ponga a sus enemigos bajo el estrado de sus pies” (1Cor 15,25). Él es el “Rey de reyes y Señor de los señores” (Ap 19,16). Su Reino “no será destruido jamás,… permanecerá eternamente” (Dan 2,44). “Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia” (Sal 85, 9).“Todas las naciones vendrán a postrarse delante de Ti” (Ap 15,4).

Eso no ha ocurrido todavía. Pero ya está muy próximo. Sí es cierto que de todas aquellas personas que viven entregadas a Dios por la Fe y el amor, cumpliendo sus Mandamientos, podemos decir que Dios reina en sus corazones, en su vida. Es el caso de los santos –algunos, mártires- que canoniza la Iglesia. En ellos se cumple, a nivel individual que “El Reino de Dios dentro de vosotros está” (Lc 17,21).

Lo tiene que hacer Él, el Mesías. Ante Pilatos se proclamó Rey (Jn 18,37). Él tiene Poder para instaurar el Reino de Dios en plenitud. Después de resucitar se aparece a los apóstoles en el Cenáculo y les reprende por no haber creído a los que le habían visto (los de Emaús), y les ordena:

Id por todo el Mundo y predicad el Evangelio a toda criatura…el que crea y se bautice se salvará. El que no creyere se condenará” (Mc 16,15-16). Más adelante los cita en Galilea y les habla con palabras semejantes en un tono de despedida: ”Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la Tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos». (Mt 28, 18-20).

Fijémonos: “hasta el Fin de los Tiempos” significa que la Misión de los Apóstoles de bautizar y enseñar a todos los pueblos tiene un tiempo determinado por Dios; hay un “fin de los tiempos” como hemos visto en el c. III. Y los envía a evangelizar la Tierra que en esos momentos se encontraba a oscuras porque no conocía a quien es la Luz del Mundo, Jesucristo. A lo largo de 2000 años los apóstoles y sus descendientes han ido sembrando el Anuncio del Reino de Dios, cosechando distintos frutos como en la parábola del sembrador, incluso grandes y sangrientas persecuciones desde los primeros siglos hasta estos momentos del s. XXI. Está claro, es evidente, que el Reino de Dios no se ha establecido en la Tierra en su plenitud, porque todavía no se hace “en la Tierra como en el Cielo”.

De forma que podríamos deducir que la Era de la Iglesia es la de Preparación para el Reino eterno  de Cristo. Lo mismo que cuando comienza la Evangelización Cristo envía a 72 discípulos a que anuncien su llegada en los pueblos que iba a visitar (Lc 10,1), así después de Pentecostés ya no sólo 72 sino todos los bautizados –en especial los pastores- tienen que realizar esa misma labor entre las naciones gentiles, hasta que Cristo vuelva para que se cumpla todo lo mencionado en el punto 2.

Cristo nos enseña a orar deseando llegue a la Tierra ese Reinado: “Padre Nuestro que estás en los Cielos… venga a nosotros tu Reino,[7] hágase tu Voluntad en la Tierra como en el Cielo” (Mt 6,9-13).

Esto no ha ocurrido todavía. ¿Quién en su sano juicio ante el panorama actual puede decir que Cristo reina en plenitud en el Mundo? Pero lo hará. Él no nos enseñó una oración defectuosa. Y no se trata de elucubrar pensando que se refiere al fin del Mundo, porque la propia palabra lo expresa: Después del fin ya no queda tiempo. Y ha de establecerse “en la Tierra”; y será un tiempo en el que aquí se cumplirá la Voluntad de Dios como ocurre en el Cielo.

Que es justo y necesario que llegue a la Tierra el Reino de Dios en su plenitud, lo anuncia el mismo Dios a través de Isaías:

Como la lluvia y la nieve descienden desde el cielo y no vuelven allá sino que empapan la tierra y la fecundan y la hacen germinar para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será la Palabra que sale de mi boca: no volverá a Mí vacía (sin fruto) sino que hará mi Voluntad; cumplirá la misión a que la envié” (Is 55, 10-11).

Analicemos el Mensaje: -La Palabra de Dios se encarnó por primera vez en el Pueblo de Israel, cuando este había llegado a la plenitud de los tiempos; es decir, cuando debía encontrarse en disposición de acoger al Mesías, después de la enseñanza de los profetas: “Mas cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de Mujer, (…)” (Gal 4,4). Pero Israel no aceptó al Verbo de Dios y llevó a la Cruz a la Palabra encarnada, Jesucristo. El Pueblo de la Primera Alianza, Israel no aceptó la Palabra del Padre.

Por segunda vez se encarnó la Palabra de Dios; esta vez en el Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia de los gentiles. Y llegado a la plenitud el tiempo de los gentiles (Lc 21,24) evangelizados por la Iglesia, estos imitan a Israel y llevan a Cristo a la Cruz en su Cuerpo Místico, la Iglesia. como hemos explicado en el capítulo III-E.

Hemos de esperar una tercera vez, que está a las puertas y será definitiva porque la Palabra de Dios “es eterna” (Sal 118, 89) y se cumplirá con exactitud: “No volverá a Mí vacía sino que hará mi Voluntad”.


[1] https://garabandal.it/es

[2] C. Vaticano II, DV 1,5

[3] Biblia Bover S.I.-Cantera.

[4] S. Alfonso Mª de Ligorio, Obispo y Doctor de la Iglesia, Fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, (Padres Redentoristas), Patrono de los estudiantes de Teología moral y de los confesores. La cita es de su libro “El Gran Medio de la Oración”.

[5] Biblia Nácar Colunga

[6]  V. Encíclica “Quas Primas” de Pío XI, 11/12/1925.

[7] “Se traduciría más exactamente como Reinado. Lo que se pide es la efectividad y extensión universal del Reinado de Dios entre los hombres”. (Coment. exegético de la Biblia Bover-Cantera, tomo II, edic. 1947).



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